Del 23 de enero al 13 de marzo, 2026
En cada comienzo habita un fin es la primera exposición de Christoph Steinmeyer en Galeria Pelaires, en Palma de Mallorca. Reúne dos cuerpos de obra claramente separados en el espacio, pero que surgen de una misma pregunta artística: ¿cómo puede la pintura generar conocimiento, ya sea a través de lo narrativo y lo simbólico, o bien mediante la experiencia perceptiva que va más allá del relato?
La exposición no está concebida como un relato lineal, sino como una constelación. El significado no surge de la secuencia, sino de la tensión, la proximidad y la distancia. La separación espacial de los dos grupos de obras es un elemento clave de este planteamiento, ya que permite que dos posiciones pictóricas distintas se experimenten una junto a la otra sin explicarse ni reducirse mutuamente.
En la planta baja se presentan obras figurativas ejecutadas en grisalla, concebidas de manera amplia como naturalezas muertas dentro del paisaje. Steinmeyer trabaja aquí con una técnica de base clásica que no debe entenderse como un simple blanco y negro. Pequeñas cantidades de rojo, amarillo y azul están incrustadas en los tonos grises. Estos colores no aparecen de forma visible, sino que contribuyen a modular la temperatura. A distancia, las pinturas parecen tranquilas, cerradas y frías; de cerca, en cambio, comienzan a vibrar. El color no se ve: se percibe.
Este modo de trabajo conecta con una larga tradición pictórica. En el Romanticismo, especialmente en la obra de Caspar David Friedrich, la reducción no es una renuncia, sino un medio de concentración. El paisaje no es un lugar, sino un estado. Una lógica pictórica similar opera en la obra de Steinmeyer. Aquí, el paisaje no funciona como fondo, sino como un espacio de pensamiento en el que la experiencia humana queda inscrita de manera indirecta. La ausencia de la figura no es una carencia, sino un elemento constitutivo.
Al mismo tiempo, la pintura está marcada por una precisión que remite al surrealismo del siglo XX, en particular a René Magritte. Lo decisivo aquí no es lo onírico, sino el desplazamiento semántico logrado mediante una representación exacta. Los objetos siguen siendo reconocibles, pero su estatus se vuelve inestable. La manzana es una manzana y, al mismo tiempo, conocimiento. El vaso es un vaso y, al mismo tiempo, un límite. El mar es mar y, al mismo tiempo, indisponibilidad.
En el centro de este grupo se encuentra la pintura que da título a la exposición, In Every Beginning Dwells an End (En cada comienzo habita un fin). Una manzana mordida remite al momento bíblico de la Caída. El conocimiento no aparece como progreso, sino como un acto irreversible. La manzana ya está mordida; el momento ha pasado. La pintura no representa el instante de la tentación o de la acción, sino el estado que le sigue. El comienzo y el final no están separados, sino entrelazados.
Muy cerca cuelga Shout to the Top (Grito hasta la cima). Iconográficamente relacionada y también ejecutada en grisalla, la obra se diferencia de manera fundamental por su escala. Mientras In Every Beginning Dwells an exige cercanía y deriva su efecto de la concentración, Shout to the Top es más de cuatro veces mayor y genera una situación casi escénica. La pintura reclama espacio y confronta físicamente al espectador.
El título hace referencia a una canción de los años ochenta del grupo The Style Council. Sin embargo, el grito no es un grito de triunfo, sino una expresión de agotamiento y desorientación. La referencia pop no funciona como una cita irónica, sino como una codificación emocional. La pintura no grita, pero podría gritar.
También pertenecen a este grupo Challenge y Expulsion (Expulsión), dos obras que representan el lanzamiento de un transbordador espacial. Challenge remite inevitablemente al desastre del Challenger. El lanzamiento no aparece como una imagen de progreso, sino como un momento ambivalente entre la confianza y el riesgo. Expulsion continúa esta lógica: después del conocimiento viene la pérdida; después del ascenso, la expulsión.
Otro grupo lo conforman las pinturas del vaso y el mar tituladas Having and Being (Tener y ser), Being or Having (Ser o tener), Having or Being (Tener o ser) y Being without Having (Ser sin tener). En las cuatro obras, el vaso y el mar contienen la misma sustancia y, sin embargo, están separados por la forma del recipiente. El vaso no funciona como metáfora, sino como un límite formal que hace posible, en primer lugar, la ilusión de la posesión.
En Being without Having, esta claridad se disuelve. El vaso contiene algo, pero ese algo ya no puede identificarse con claridad. La posesión se revela aquí como una categoría frágil: una afirmación que permanece fundamentalmente inestable.
En oposición a las obras de la planta baja, la planta noble presenta los Encounters (Encuentros), un cuerpo de trabajo desarrollado de manera continua desde 2022 a través de una intensa investigación sobre la percepción, la experiencia y el conocimiento. Los Encounters no están motivados iconográficamente. El color no se organiza como objeto, sino como relación.
Cada pintura surge del encuentro de dos campos de color. En su punto de contacto aparece una zona de mezcla que no se añade ni se corrige posteriormente, sino que se produce como un acontecimiento real e irreversible. El proceso pictórico se desarrolla como una secuencia cerrada e ininterrumpida. Puede durar solo unas horas o extenderse hasta dos días, pero nunca se interrumpe una vez iniciado.
Este modo continuo de trabajo requiere no solo resistencia física y precisión, sino también un estado mental específico: una forma de concentración sostenida más cercana a una práctica meditativa que a un procedimiento paso a paso.
Formalmente, los Encounters son pinturas verticales al óleo, generalmente en una proporción 4:3, construidas a partir de dos campos de color verticales casi idénticos. La pintura se aplica en numerosas capas extremadamente finas y permeables. El blanco no aparece como color pintado, sino exclusivamente a través del fondo blanco del lienzo.
La experiencia de los Encounters es sensorial. El ojo no puede fijarse en un motivo, sino que se desplaza entre superficies y transiciones. El color no se nombra: se experimenta. El verde no es una palabra, sino un acontecimiento.
En este sentido, los Encounters hacen prácticamente visible el límite descrito por Gotthold Ephraim Lessing entre las artes temporales del lenguaje y las artes espaciales de la pintura. Pueden describirse, pero no agotarse mediante el lenguaje.
In Every Beginning Dwells an End es una exposición que permanece dentro de la propia pintura. No explica: organiza. La separación de los dos cuerpos de obra no se resuelve, sino que se hace visible. Ambas posiciones pueden coexistir sin desintegrarse.
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Christoph Steinmeyer (Düsseldorf, 1967) es un artista y pintor alemán que vive y trabaja en Berlín. Formado en Historia del Arte y Filosofía en Colonia y Bonn, su práctica artística se desarrolla en diálogo constante con la reflexión teórica, un interés que también se manifiesta en su trabajo como comisario y asesor de colecciones internacionales.
La obra de Steinmeyer se inscribe dentro de una generación de pintores que examinan críticamente los fundamentos del medio pictórico y los procesos que intervienen en la construcción de la imagen. Su lenguaje, de fuerte carga neosurrealista, se caracteriza por una pintura minuciosa e hiperrealista que cuestiona conceptos como la originalidad, la copia y la percepción. Las tensiones entre lo real y lo reproducido, así como cuestiones filosóficas relacionadas con la psicología de la visión, atraviesan de manera constante su trabajo.
En sus primeras series, desarrolladas a partir de los años 2000, Steinmeyer establece un diálogo intenso con la historia del arte, el cine clásico y la cultura visual popular. Reinterpreta imágenes reconocibles, interiores ficticios y escenas aparentemente familiares, transformándolas en composiciones inquietantes y ambiguas. A partir de fuentes fotográficas procedentes de los medios de comunicación, construye collages pictóricos que oscilan entre la fidelidad extrema y la distorsión, dando lugar a escenas que parecen suspendidas entre el recuerdo, el sueño y la ficción.
Desde 2014, su investigación se ha centrado en el impacto cultural de la imagen digital y en los mecanismos que condicionan su circulación contemporánea. Series como The Most… analizan el papel de los algoritmos, el rastreo de datos y la economía de la atención, incorporando elementos propios de la cultura de internet —como los memes— para reflexionar sobre la mercantilización y la difusión de imágenes.
La obra de Steinmeyer ha sido interpretada por críticos como Mark Gisbourne como una forma de desplazamiento de las categorías tradicionales del realismo. Más que representar una realidad objetiva, sus pinturas construyen visiones internas de una realidad transformada, intensificada y profundamente subjetiva, situándose en un territorio intermedio entre lo reconocible y lo perturbador.
Sus obras forman parte de importantes colecciones públicas y privadas, entre ellas la Julia Stoschek Collection (Düsseldorf), la Hall Art Foundation, el Astrup Fearnley Museet (Oslo), la Colección Haubrok (Berlín) y la colección del IVAM (Valencia).